Lunes , 1 Marzo 2021
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Los Carpinteros: el vínculo entre la madera y los chilotes

Hoy se celebra el día del carpintero. Un oficio que en Chiloé es relevante a la hora de entender los elementos con los cuales contaban las personas para trabajar la tierra, procesar alimentos y transportarse de un lugar a otro. “La madera no sólo se constituye en un medio para trabajar, sino que el chilote –en su interacción con la naturaleza- logra sintetizar en la madera y derivados, un modo de encarar y aprehender su medio natural.

La madera es el material que permite el desarrollo de la cultura chilota, la hemos denominado en otra oportunidad “la cultura de la madera”, porque desde tiempos prehispánicos la actividad del hombre chilote se centró en ella, condicionando no solamente su trabajo, sino su mentalidad y su vida social. En madera construyó su hábitat, no solamente la arquitectura como arte mayor, también lo fueron en madera las herramientas de labranza, anclas, cerraduras, adoquines y planchados (…)

Como podemos apreciar, el rol del carpintero –en sus diversas facetas- es clave para entender la vida insular. Un afectuoso saludo a todos quienes mantienen vivo este noble oficio.

Extraído de: Montiel, Felipe. Los últimos constructores de artilugios de madera en Chiloé. Imprenta Austral, Puerto Montt. Sin año de edición. p. 12

Otros libros que abordan la labor de los carpinteros:

Soussi, Luis. Chiloé: El legado de los oficios. Editorial Okeldan, Concepción. 2012

Uribe, Mario. Crónicas de Chiloé. Editorial Alfabeta, Santiago. 1982

Imágenes de la Biblioteca Pública. Carlos Gómez.

El siguiente texto fue publicado en el año 2004 en la Revista Cultura de y desde Chiloé. Pertenece a Carlos Gómez, destacado escritor chilote quien falleciera en el año 1992, dejando este texto como una gran huella, legado e inspiración para el trabajo de nuestra biblioteca.

"En Santiago de Castro, en los años postreros de la “Biblioteca Popular”, surgiría una nueva institución que vendría a fortalecer la cultura del libro aquí y en sus alrededores. La Biblioteca Pública. La idea prendió en 1962 cuando la Directora del Liceo de Niñas, Srta. Fridolina Barrientos -estimada educadora- autorizó la construcción en los terrenos del colegio, contra viento y marea, de un centro bibliográfico que serviría a todos, especialmente a los estudiantes.

            Fue habilitada en Diciembre de 1965 cuando se inauguró en presencia de autoridades y conocidos vecinos: Arturo Pinto C., Arturo Antóniz M., Alberto Velásquez O., Orlando Bórquez M., Manuel Muñoz N., Fridolina Barrientos C., Sergio Soza V., Benjamín Aguilera M., René Araya B., Juan Cavada B., entre otros. Comenzó su atención con 484 volúmenes, todos felices con esta iniciativa que ha sobrevivido más de 25 años seguros. Años que han ido aumentando el patrimonio de textos y hoy contabilizamos más de 6.500 volúmenes, 3.900 títulos de libros, más de 900 revistas, 4.200 periódicos y cerca de 650 folletos. Pero, entre ellos los libros de y sobre Chiloé no suman más de 40, hecho que analizaremos próximamente.

            La Biblioteca Pública, tenía en sus inicios como norma atender a mayores de 21 años. Pero la realidad hizo que sus consultores mayoritarios fueran los jóvenes adolescentes liceanos. Es así que en tiempos de clases -como en estos días- las prestaciones y consultas en sala pasan diariamente de las 100 atenciones fácilmente, además de la reproducción de fotocopias.

            Desde su origen se desempeña como Jefa de Biblioteca: Nelly Vargas Andrade, con el apoyo básico de Miriam Barría y Juan Sepúlveda quienes aceptan estoicamente el “apretujamiento” que viven a diario. La dependencia jerárquica es de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, pero, su financiamiento depende del Ministerio de Educación, que debe con urgencia mejorar su infraestructura ya sobrepasada por el tiempo.

            La Biblioteca Pública requiere de un nuevo diseño arquitectónico que permita a sus lectores estar a gusto, gratos en un ambiente con estanterías espaciosas, con variedad de salas, con un computador, es decir adaptar, en el hermoso lugar de ubicación que da a la bahía de Castro en parte y mucho a la desembocadura del río Gamboa, los sistemas de atención acorde con los tiempos y con las fórmulas de la Biblioteca de hoy.

            Ojalá que en un par de años más, cuando esta Biblioteca cumpla sus treinta años de labor sociocultural, se le entreguen los ítemes económicos necesarios para cambiar su actual realidad, que sólo irá en beneficio de nuestro hijos ¿hay algo más importante?."

Profesores normalistas de Chiloé. Dante Montiel y Nelson Torres

En el año 2010 y gracias a fondos provenientes del gobierno regional de Los Lagos, vio la luz el libro "Profesores normalistas de Chiloé. Maestros legendarios de la educación" de los profesores Dante Montiel y Nelson Torres. Dimar Ediciones se encargó de producir esta publicación que rinde homenaje a la destacada labor de aquellos profesionales y particularmente de los que hicieron su carrera en Chiloé. Entre artículos y entrevistas, el libro presenta una remembranza de los años en que el profesor formaba parte protagónica de la sociedad insular. Entre sus párrafos señalan:

"Los profesores normalistas descollaban por sus enseñanzas y espíritu de cuerpo, aportando un sentimiento de estimación y pertenencia que aun marca fuertemente. Tantos maestros que rememorar vieron crecer a múltiples generaciones de chilotes, enseñándoles a leer y a escribir, como se decía; siempre traen a la memoria gratos momentos de la infancia, eran los 'maestros' y cuánto involucraba esta palabra. Los maestros de las escuelas insulares eran 'pequeños dioses de nuestras almas de niños' que llenaron de luz y trazaron el camino, su labore pedagógica es un homenaje al profesor normalista por su entrega y el compartir comunitariamente, a la incomprensión económica de su actividad, y a esa alma de niño que adquiere con los años producto del tiempo socializando con sus alumnos".

El libro, está disponible también en nuestra colección patrimonial Archivo Chiloé

La huella de Abtao. Medardo Urbina

Este libro escrito por Medardo Urbina, lleva en su contratapa la siguiente presentación:

"El choque tectónico milenario de las placas de Nazca y de Sudamérica han generado el hundimiento progresivo del extremo sur occidental del continente en las aguas del Océano Pacífico, en su desplazamiento hacia el oeste y han dado origen al territorio desmembrado de innumerables islas, fiordos y canales que se inicia desde el Canal de Chacao al sur, empezando con el Archipiélago de Chiloé, que contiene más de 120 islas. Este magnífico proceso geológico que explica la Deriva Continental, los nativos chilotes lo han conservado en la tradición oral como “la lucha de las culebras Ten Ten y Cai Cai vilu”.

Así, la Isla Grande de Chiloé exhibe su costa occidental abrupta y ruda expuesta al oleaje del Océano Pacífico y a las lluvias inmisericordes generadas en el océano, mientras el margen costero opuesto, oriental o interior, es de costas suaves, onduladas y bajas. Desmembrada y sinuosa, deja miles de fiordos, canales, bahías, cabos, penínsulas y estrechos que dan al paisaje un aspecto variable de verdes lomajes, cuyos pies son amablemente bañados por un mar tranquilo y apacible, que permite la navegación de dalcas, goletas, faluchos, botes y lanchas; donde el hombre se ha establecido desde tiempos pre-colombinos en cavernas (chonos) primero, luego en aldeas nativas (cuncos, payos y huilliches) y posteriormente en villorrios y ciudades con la llegada de los conquistadores españoles. De norte a sur van apareciendo en las costas: Ancud, Chacao, Quemchi, Tenaún, Dalcahue, Achao, Curaco de Vélez, Castro, Rauco, Chinchi, Queilen, Compu, San Juan, y San Antonio de Chadmo, Chaiguao, Oqueldán, Quellón, Puerto Carmen, Piedra Blanca, Michailelo y Yatac, junto a la Isla San Pedro… Mientras que la costa del Pacífico ofrece sólo dos tímidos sitios poblados: Chepu, en el norte, y Cucao, en el sur.

Entre ambas costas se extiende de norte a sur la Cordillera de la Costa, que en Chiloé adquiere los nombres de Cordillera de Piuchué, desde los lagos Cucao y Hullinco al norte, y Cordillera de Piruril, desde esa depresión transversal al sur. Cordillera prístina, cubierta, cubierta sólo de vegetación nativa, muchos de cuyos parajes son totalmente vírgenes, nunca hollados por el hombre, parajes solitarios y majestuosos, donde predominan el silencio y la armonía naturales… reservados sólo para los pocos que se atreven… o si tienen el coraje de exponer sus vidas con el solo fin de alcanzarlos, como un sueño místico, como un desafío personal… sin un objetivo racional para arriesgar la vida en el intento… sólo porque ¡la Naturaleza llama!, o como decía Mallory, el joven escalador del Everest:… porque está allí.

La Huella de Abtao, minúsculo senderillo perdido en la inmensidad de la selva chilota, serpentea imperceptible, lenta e inexorablemente por la parte alta de los cerros –se encarna sufridamente- hasta trasponer la parte más alta de la Cordillera de Piuchué, para descender luego a las aguas del Pacífico, junto a la desembocadura del río Abtao, recorriendo una naturaleza pura y prístina, guardando sólo para algunos las historias increíbles pero reales que en este libro se cuentan, como un ariete filiforme que introduce al caminante a la oscuridad de lo desconocido, inundando luego de luz, observación y conocimiento nuestros espíritus inquietos".

Chiloé, un mundo separado. Ovidio Lagos

La isla de Chiloé, en el sur de Chile, ostenta un raro privilegio; posee una identidad cultural propia y una topografía que bien puede figurar entre las más bellas del mundo. Debido a su insularidad, es un asombroso fresco en materia de antropología, brujería, mitos personajes y arquitectura, que no se encuentra fácilmente en Sudamérica.

Ovidio Lagos reúne elementos históricos y antropológicos que forman parte de esta isla, visitada por Charles Darwin en 1834, y escribe un apasionante relato. Quien hubiera imaginado, por ejemplo, que una institución denominada la Mayoría no era otra cosa que una temible secta de brujos que funcionó hasta el siglo pasado, con una galería de seres demoniacos en la cual creen todavía algunos chilotes. Que los dioses y semidioses que conforman su extraordinaria mitología han surgido solo en esa isla. O que uno de los hombres más ricos del mundo, Bill Gates, viajó de incógnito a Chiloé, vestido con jeans y polera, para visitar una biblioteca de Quemchi.

Narrar Chiloé es traspasar la posmodernidad. Lagos no solo describe –y escribe- un espacio sino que también recupera un modo de vida desaparecido. Este libro de viajes encuentra su genealogía en sus relatos de los viajeros del siglo XIX y abre al lector un mundo insospechado y sorprendente, donde la naturaleza y las creencias parecen haberse detenido en el tiempo.

Chiloé. Charles Darwin

Este libro contiene las secciones sobre Chiloé de la obra Viaje de un naturalista alrededor del Mundo. El naturalista inglés visitó Chiloé en dos oportunidades durante su estadía en Chile por casi dos años entre 1833 y 1835. En ese viaje venía también el pintor y dibujante Conrad Martens.

Darwin tenía poco más de 20 años cuando recorre a pie, a caballo, en bote y en barco, extensas distancias en la Isla Grande de Chiloé y en el Archipiélago. Esta edición será una invitación para que el lector le imite y aprecie mejor los lugares que recorra. Enorme es la belleza natural que el viajero encuentra en las islas de Chiloé, tanto en la tierra como en el mar, pero los cambios ocurridos en el plazo de un siglo y medio se harán evidentes al comparar hoy con el pasado aquí descrito. Quizás el viajero considerará beneficioso el cambio de clima, con muchos menos lluvias; como las que perturbaron a Darwin en su casi permanente estadía en la foresta que cubría casi la totalidad de la isla en esa época.

El texto tiene gran valor en el campo de la botánica, la zoología, y la geología, describe la sociedad y sus costumbres. Sus apreciaciones respecto de los indígenas y demás habitantes de la isla, tienen un valor antropológico.

Cómo se dividió Chiloé. Cuento muy antiguo de los Huilliche

Contaba mi ñuque y contaban mis abuelos, mis abuelos contaban que mis bis abuelos y más abuelos. Contaban mis tataras abuelos y mis tataras abuelas, contaban mis chonos abuelos.

Decían que una vez hubo un gran terremoto, que daba vuelta la tierra y los llevaba al mar con sus gentes y animales, y a otros los sepultaba, y venía el mar que iba sumergiendo la tierra.

Después de unos días fue calmado, pero quedaba muy poca gente que empezó a morir de hambre y de frío.

Uno de los hombres quedó en una isla sin comida, con su mujer y sus hijitos y el mar no bajaba y éstos corrían pidiendo en voz alta que bajara el mar.

Cuando ya le quedaba su último hijito, llamó a su mujer y le preguntó si estaba dispuesta a matar a su último hijo. la mujer contestó: mátame a mi mejor y así lo hizo, y el niño gritaba y lloraba: mamá te llevará el mar.

Después de algunos días el hombre estaba triste llorando y el hijo le preguntó ¿por qué lloras? ¡Porque te iba a matar! El niño le respondió, mi mamá te dijo que me lleves al mar y bajara a la playa. ¡Pero tú te perderás para siempre! No importa, murió mi mamá y murieron mis hermanos y yo también me voy.

El hombre con todo su sentimiento llevó a su hijo, pero el niño le decía… no llores. Cuando llegaron al lugar, gritó el hombre y vino una ola que se llevó al niño y empezó a irse al mar. Quedaron en los ríos, esteros bajos, con distintas clases de peces y mariscos en gran abundancia.

Cuando el hombre empezó a condenar, llamaba a su mujer que lo quiso conducir, llamaba a sus hijos, cantaba de alegría, lloraba después, para qué habría matado a sus hijos y a su mujer.

Extraído de: Molina, Raúl (recopilador). José Santos Lincoman. Poesía y Cuento. Oficina Promotora del Desarrollo Chilote (OPDECH). Chonchi. 1990. p. 84

Historia cotidiana y contemporánea del pueblo de Calbuco en el siglo XX. Esteban Barruel (et. al.)

Este libro se publicó el año 2002, es una apreciación de la vida cotidiana y sectores rurales, de sus islas, desarrollo material y espiritual, de las transformaciones que fue experimentando el pueblo maderero e industrial desde los albores del siglo XX hasta la actualidad.

“Pero cuando la ciudad de hoy ya no es ni la sombra de ese pequeño mundo en blanco y negro, en la cual los niños de la llamada modernidad ya no juegan ni al trompo ni a las bochas, ni a la ronda, ni están aquellos muchachitos tirándose piqueros en la punta del muelle sacando pesetas del fondo del mar, ni jugando fútbol a pata pelá, ni nadie anuncia por las calles la letras negras del diario El Llanquihue como lo hacía inconfundiblemente Carmelo Díaz, más conocido como Niebla, quien un día perdió su medalla jugando al negrito carbón, ni se recuerda a Guadalupe Vera, en su ferretería en calle Federico Errázuriz en 1970.

No obstante, aún persiste entre los calbucanos de cepa un gran arraigo familiar, en donde el sentido de la amistad lucha invisiblemente por sobrevivir, en particular, cuando se piensa que todo tiempo pasado fue mejor, en una isla que nos imaginábamos siendo niños era como un barco solitario, como un Caleuche navegando en los intrincados canales de Seno de Reloncaví, y que después de haber recalado en el puerto del presente en una tarde lluviosa, nos permite nuevamente caminar por las calles de la infancia a principios del siglo XXI. En medio de un brumoso paisaje, bajo el signo de un ayer, el cual contra viento y marea se resiste morir y permanecer a lo menos en estas páginas. En especial, para aquellos que no alcanzaron a conocer el pretérito de una isla-pueblo llamado Calbuco, en un tiempo en que todos éramos más unidos y todo se compartía, desde un curanto hasta prestarse los zapatos; y entonces, las calles estaban llenas de historias, recuerdos, anécdotas y juegos.”

Recordando con el tren y otras crónicas. César Vera Werner

En la revista “Cultura de y desde Chiloé” n°16 del año 2003, el autor nos muestra una crónica del tren que recorría el archipiélago de Chiloé. La locomotora recorría diez estaciones desde Castro hacia el norte: Llau-Llao, Pid-Pid, Piruquina, Mocopulli, Butalcura, Puntra, Kilómetro 25, Coquiao, Pupelde y Ancud.

El medio de transporte generó un oficio que atraía la curiosidad de las personas que transitaban en él y por donde éste pasaba. Es claro que en un lugar marcado por la navegación marítima y la vida campesina, hechos tan cotidianos como la mantención mecánica de la locomotora generaba curiosidad.

“Con un acucioso chequeo al aceitado, engrasado y otros detalles, el maquinista titular tomó el mando e inició los movimientos destinados a armar el convoy, amenizados por el melodioso tañido de la brillante campana de bronce de la 54; inmediatamente detrás de ella, el carro de carga, luego el de equipaje-correo, enseguida los dos de pasajeros.

A estas alturas, el andén cobraba mayor actividad, dinamismo, el pasajero buscando acomodo en los carros; “el Chueco Atilio”, “Patita y Media”, “Cachano”, “El Lucho” y tantos otros, junto a vivarachos chiquillos de la calle Lillo, arribaban a paso vivo, cargados con bultos y maletas, oficiando de changueros, ganando la changuita, las monedas.

Muchos niños acudían al espectáculo que se producía allí junto al puerto, se sumaban a ellos tripulantes de lanchones venidos desde las islas, también gente del sector campesino cercano, disfrutando de ese trajin. Para quienes, acostumbrados por siglos al transporte marítimo o a desplazarse por playas y senderos interiores a lomo de caballo, a pie, todo lo relacionado con el tren configuraba la novedad, hechos insólitos.”

Corrales de pesca en Chiloé. Ricardo Alvarez (et. al.)

Existió una época en que los corrales de pesca eran algo cotidiano en las playas y fiordos de Chiloé. Se trataba de grandes cercos de maderas trenzadas o rocas –según el tipo de costa en que se establecían- quedando sumergidos bajo el agua, durante las altas mareas. Su propósito era obstruir la huida de los peces cuando se iniciaba la bajamar, momento en que erran recogidos en grandes cantidades para alegría de todos.

Sin saberlo, sus propietarios estaban poniendo en práctica una tradición aplicada durante miles de años no sólo en este archipiélago, sino que en todos los canales patagónicos y en gran parte del mundo, allí donde las gentes han mantenido un ancestral vínculo con el mar.

El libro reúne antecedentes que nacen desde la arqueología, historia y antropología, con el fin de abordar esta tradición, poniendo en valor este oficio.